Mariona Gúmpert: ‘Hemos acabado viviendo de espaldas al dolor y al sufrimiento’


Conversación tranquila de @jmfrancas con Mariona Gúmpert (@marionagumpert), doctora en filosofía. Sigo estudiando y formándome, mientras escribo para diversas publicaciones con la intención de acercar la filosofía a los no iniciados, y valiéndome de mi formación para hacer análisis de actualidad. Participante en MIRADAS ANTE LA CRISIS DEL COVID-19 organizadas por Club Tocqueville.

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JMF: ¿Qué dice la filosofía sobre la crisis del covid-19?

MG: Lo bueno de la filosofía es que, por así decirlo, no dice nada. Es cierto que existe desde hace más de dos milenios; tenemos acceso a un contenido muy grande sobre diferentes propuestas y teorías filosóficas. Pero lo importante de la filosofía es que te enseña a analizar en profundidad cada situación que a uno se le ponga por delante. Por supuesto que nos han precedido grandes maestros en los que podemos apoyarnos para que nuestros análisis sean cada vez más finos y sofisticados, y no caer en la primera boutade que se nos pueda venir a la cabeza.

JMF: Y, ¿qué sale de un análisis en profundidad, filosófico, de un virus que nos humilla?

MG: Justo lo que diferencia a los filósofos es una clara conciencia de la limitación y de la muerte. Sócrates ya decía que nadie es demasiado joven para morir: el único requisito es estar vivo. Un ejemplo paradigmático de pensador que reflexiona desde esta experiencia de nuestra humana limitación es Heidegger, quien insiste en que lo más caracteriza a la persona es su conciencia de ser temporal, es decir, mortal. Una de sus frases más famosas es que el hombre es un ser para la muerte. En este sentido no creo que a ningún filósofo le haya sorprendido todo lo ocurrido, sobre todo teniendo en cuenta que son miles de cosas las que nos vuelven limitados en un sentido físico. Esta vez ha sido un virus, pero diariamente la gente fallece por mil causas distintas. Tampoco ha de sentirse uno humillado en cuanto a la limitación intelectual y moral, precisamente porque nos dedicamos a estudiar temas sobre los que es difícil dar respuestas definitivas. Por eso yo creo que un filósofo orgulloso debería de ser considerado un concepto oxímoron. Quien dice amar la filosofía, pero no es sumamente humilde, nos da una pista de que quizá ese amor no sea tan puro como el que podríamos llegar a imaginar.

JMF: ¿El virus nos humaniza entonces?

MG: El virus, como cualquier experiencia que nos haga caer en la cuenta de nuestra limitación, puede ayudar a darnos cuenta de la totalidad de lo que somos. Estamos en una época en la que, por diferentes motivos, hemos acabado viviendo de espaldas al dolor y al sufrimiento. Y estos son experiencias tan humanas como la alegría y el bienestar. Tengo la teoría de que ese vivir de espaldas a lo que supuestamente puede ser negativo explica muchas actitudes, perspectivas y estilos de vida de las personas occidentales, especialmente en gente de 50 años para abajo. Con esto no trato de hacer una apología del sufrimiento (ya sea por un virus o por cualquier otro motivo). Simplemente creo que todo lo que sea ignorar un aspecto que forma parte ineludiblemente de la experiencia de ser persona reduce nuestra capacidad de miras. Y es una pena, porque si algo caracteriza al hombre frente al resto de animales es justo eso: la capacidad de despegarse de la propia subjetividad y las necesidades inmediatas para llenarse con un mundo infinito: la reflexión sobre uno mismo y los demás, la capacidad de adquirir conocimiento sobre muchos temas fascinantes, el poder disfrutar del abanico cultural inmenso que hemos ido creando a lo largo de siglos. Y, lo que es más importante de todo, la capacidad de sobrellevar el propio sufrimiento y la de acompañar en él a los que le rodean. Quién ha pasado por experiencias así sabe que, si bien es duro, es algo que ensancha el alma y nos acerca entre nosotros, que es otra capacidad que los animales no tienen, por lo menos no en el modo en que nosotros lo hacemos.

JMF: ¿Por qué piensas que cada vez más el hombre esconde la muerte?

MG: En general no es plato de gusto de nadie saber que va a acabar siendo alimento para los gusanos, aunque creo que pocos llegan a visualizar una imagen tan visual de lo que acaba ocurriéndole al cuerpo humano tras fallecer. Otro tópico filosófico es decir que la muerte es siempre algo que le ocurre a otros, nunca a uno mismo. Hay varios factores que confluyen en que ahora sea más sencillo no detenerse a pensar en esto. En primer lugar, porque gracias a los avances en medicina la esperanza de vida es cada vez mayor, de forma que no tenemos necesidad de pensar en eso porque, como diría Don Juan Tenorio, largo me lo fiáis. La cantidad de distracciones distintas que ofrece el mundo contemporáneo contribuyen a que, si por casualidad uno se para a pensar en la propia muerte, tiene mil opciones con las que desviar su atención sobre algo tan desagradable. Por otro lado, cada vez son menos los que tienen creencias religiosas, y viven de acuerdo con ellas. La religión es una explicación del mundo en la que se tiene muy presente nuestra condición mortal, y cada una de ellas ofrece una interpretación acerca de lo que ocurre tras la muerte, de forma que uno acaba oyendo hablar de ella, y guía sus pasos teniendo esto como horizonte de sentido vital. Conozco pocos ateos que piensen en la muerte, hoy día el ateísmo es algo tan normal como lo era ser católico en la España de hace 300 siglos. Ya no se encuentra al ateo existencialista, angustiado ante la perspectiva de saber que se encontrará ante la nada más absoluta. El ateísmo es sólo una moda más, una ideología dentro del mercado de consumo, como lo puede ser el comprar determinado coche o votar a uno u otro partido político.

JMF: El ateísmo como moda, ¿no implica mucha superficialidad?

MG: Buena pregunta. Para empezar, cuando digo que es una moda lo que quiero decir es que una parte importante de la población lo es por inercia, porque se fija en aquellos a quienes tiene como referentes. Con la religión se da algo parecido (bueno, esto tiene muchos matices, pero no quisiera alargarme): hay muchas personas que tienen conocimientos profundos de teología y de filosofía, y saben defender con argumentos racionales por qué creen en lo que creen. Pero estas disquisiciones, si se hacen de forma correcta, implican un grado muy alto de formación, y de capacidad para manejarse en este tipo de discusiones. Ahora bien, sí es cierto que hay personas que son ateas -y no pierden una oportunidad para sacarlo a colación- porque les hace creer que esta toma de postura los coloca en una plano de superioridad respecto de los demás, tanto intelectual como moralmente. He conocido a pocos ateos de este tipo que se lamenten de serlo y que, en realidad, desean estar equivocados. Lo curioso es que este tipo de ateo se “forma” basándose en teorías contemporáneas que, comparadas con los argumentos que se han ido dando a lo largo de la historia a favor de la existencia de Dios, son muchísimo menos sofisticadas. La mayoría de ellos caen en errores de planteamiento tan burdos que un estudiante de filosofía podría señalárselo con relativa facilidad. Así que sí, ser ateo en este sentido se me antoja superficial, porque lo que persiguen no es tanto llegar a una conclusión que les parece verdadera, sino reforzar su ego de una forma u otra

JMF: ¿No es verdad que, tarde o temprano, el hombre en su soledad mira al más allá?

MG: Me gustaría decirte que sí, porque pienso que esa capacidad de salir de uno mismo e ir más allá del aquí y del ahora es universal. San Agustín decía que nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios. Pero no hace falta ser creyente para constatar ese anhelo de trascendencia que hay en cada ser humano. Creo que era Schopenhauer quien afirmaba que ese ansia era como un sentido sin objeto correspondiente; es decir, que necesitamos esa necesidad de trascendencia, sentido e infinito, pero que no existe un Dios que venga a rellenar ese hueco del corazón humano. Ahora bien, no sé si todas esas personas son capaces de identificar dicho hueco como lo que es, de forma que se refugian, como he dicho antes, en mil distracciones distintas. Una de las características de la mitad del siglo XX y de lo que llevamos del siglo XXI es que las personas rellenan -por así decirlo- ese anhelo con lo que yo llamo “religiones laicas”, es decir, activismos de todo tipo: ecologismo, feminismo radical, “antifascismo”, veganismo, nacionalismo, etc. Muchas otras combinan esto último con la búsqueda de sentido que ofrecen prácticas y religiones exóticas, como el budismo y religiones que están fuera del ámbito occidental.

JMF: Sin duda proliferan las ‘religiones laicas’ o mejor los ‘ídolos ideológicos’… ¿cambiar a Dios, con lo que supone, por el ecologismo, por ejemplo, es deprimente…

MG: El matiz está en que yo los llamo religiones laicas porque pienso que son fruto de ese anhelo de sentido: de pensar que tu vida no ha sido en vano, que tienes algo por lo que luchar, que deseas un mundo mejor. Todos nos percatamos de esa brecha entre lo que es (ontología) y lo que debería ser (moral). Para estas personas no creo que sea deprimente, por varios motivos. Uno de ellos es que están rellenando ese ansia de sentido que todos presentamos. Pero el motivo más importante es que, por lo general, estas personas no han podido disfrutar de todo lo que implica creer en Dios, al menos en el que creemos los católicos. Por decirlo de alguna manera, es como quien disfruta de un vino de brick Don Simón porque nunca ha probado un gran reserva. No se puede echar de menos lo que no se conoce, al menos hasta que no acabas cayendo en la cuenta de lo vacía que era tu lucha, si es que uno llega a darse cuenta. Al margen de que uno crea o no en el Dios del que nos habla la Iglesia católica, cuando uno se interesa por ella y se mete en sus entresijos, se da cuenta de que tiene una visión más completa y cabal de lo que es la persona y de lo que necesita. Como se suele decir, se non è vero, è ben trovato. Por cierto, cuando hablo de sus entresijos no me refiero, por supuesto, a personas concretas, sino a todo el legado teológico y filosófico milenario que entraña; ya sólo por antigüedad es más fácil que proporcione respuestas más sofisticadas, al margen de que a uno le parezcan acertadas o no.

JMF: Decía deprimente no para ellos, sino en la realidad, si no puedes beber más que Don Simón, no te avergüences de ello ni te frustres, pero si puedes un Gran Reserva tómalo que te sentará bien…

MG: El tema aquí es que la Iglesia Católica es, por un lado, la gran desconocida. Por otro, tiene muy mala fama. En España se entiende, por el uso político que Franco hizo de ella. Pero ahora mismo está pasando por una crisis institucional tremenda debido a todos los casos de abusos sexuales y de la ocultación sistemática que ha habido por parte de la jerarquía. Me parece más que natural que se desconfíe de ella como institución humana, los propios católicos estaríamos bastante devastados si no fuera porque sabemos que la historia de la relación de Dios con el ser humano (ya sea en grupo o a nivel personal) ha sido desde el principio la de una constante traición por nuestra parte, y de una constante misericordia por la Suya, siempre y cuando reconozcamos nuestras miserias y pidamos perdón por ellas. Esto es algo muy complicado de transmitir. Si le añades que tenemos principios morales que en algunas cosas van en dirección contraria a lo que es considerado normal, resulta difícil que ateos y agnósticos se acerquen a la Iglesia. Y los católicos pecamos -yo la primera- de no intentar acercarnos nosotros, ya sea por miedo o porque lo consideramos una batalla perdida. En este sentido los creyentes tenemos que hacer mucho examen de conciencia.

JMF: No será que el “Dios ha muerto” de Nietzsche, explica que así nos va… y hay que resucitarlo cuanto antes…

MG: Sí, por supuesto. Cuando Nietzsche afirma esto se refiere a la gran esperanza que se llevaba poniendo en el hombre y su capacidad para “emanciparse” -por usar un palabrejo actual- a través de su razón y de su voluntad. Todo el siglo XX, y por supuesto el XXI, es una demostración de que esta creencia es irracional, y que sólo el súper hombre Nietzscheano es capaz de enfrentarse a la nada y al vacío de una existencia sin Dios. En relación con esto, hay que recordar la famosa frase de Chesterton: cuando las personas dejamos de creer en Dios, somos capaces de creer en cualquier cosa. Pocas personas pueden afrontar la angustia que produce la total falta de sentido, y esto da una clave muy importante para entender la sociedad actual.

JMF: Gracias Mariona, si el maldito virus ayuda a que nos demos cuenta de que Chesterton tenía razón, para algo positivo habrá servido. Un beso y hasta pronto necesitamos filosofía.

MG: Gracias a ti, Josep Maria. ¡Ha sido todo un placer!


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