Me dice Manuel Gonzalo, letrado de las Cortes


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Una anécdota que puede hacer categoría.Tenía veinte años cuando estudiaba Derecho y participaba en un curso de verano de la JEC. Un profesor de economía expuso una impactante ponencia con la que llegaba a una conclusión tan inquietante que 60 años después sigue teniendo vitalidad sin hallar un punto de armonía entre las circunvoluciones mentales de quien te habla, estimado Francàs, con los latidos del corazón y con, lo que parece menos importante, las posibilidades económicas de un bolsillo con pocas monedas.

El profesor exponía las implicaciones morales del nivel de vida de los españoles. Partió de lo que es el PIB, esto es, la tarta común que da un nombre contemporáneo a la total riqueza producida cada año a distribuir entre los españoles estadísticamente. 

Después descendió a explicar la renta per cápita o percepción media ideal que cada español obtiene de esa tarta, estadísticamente, para terminar con una conclusión: qué pasa con quienes superan la cantidad que representa la renta per cápita individual, la gasten o no, obtenida por cada individuo.

Un ejemplo sirve para traer el asunto a la realidad de hoy. 

Si el PIB total de España en 2019 ha sido de 1,244 billones (billón y cuarto de euros) producidos por 47 millones de personas, el PIB per cápita ha alcanzado unos 26.468 €; mientras tanto Alemania ha obtenido el mismo año, respectivamente, 3.436 billones y 41.350 euros con una población de 82 millones de seres.

Por consiguiente, todo español que obtiene y gasta más de 26.468 €, o cada alemán de 41.350 €, de hecho está «aportando» solidariamente o «robando» insolidariamente a sus demás compatriotas el exceso o el defecto, respectivo.

La pandemia induce a reflexionar críticamente sobre dicho planteamiento.

Más allá de los niveles personal y nacional, también a nivel internacional pensando en todos los seres humanos.

La globalización nos retrotrae al acierto de la Declaración francesa de los derechos del «hombre» y del ciudadano.

La filosofía comenzó en la Grecia clásica pensando, no en términos económicos, sino en otros más cercanos a la realidad no simbólica: el agua, la tierra, el aire y el fuego. Unos elementos materiales pero dotados del espíritu que su uso proporciona a la vida.

El agua, que mantiene la vida, la tierra, que produce los alimentos, el aire, cuyo oxígeno nos hace sanos, y el fuego, que origina las energías, ¿cómo los compartimos?

La contaminación de los bienes, agua, tierra, aire y los incendios que el ser humano provoca ¿están encontrando vías de solución? 

¿Es la hora de la filosofía, donde echan sus raíces tanto todo conocimiento y toda acción humana, como las letras y las ciencias? 

¿Cómo es que, por tocar una realidad concreta, la ayuda al desarrollo del 0,7 del PIB, comprometida en acuerdos internacionales de los 22 países más desarrollados, en favor de los menos favorecidos, no lo ha cumplido sino ocasionalmente Suecia

 Necesitamos construir un nuevo orden internacional más adecuado a la naturaleza de la persona humana, menos desconcertante. ¿NO ES CIERTO?

Ingenuas cuestiones para cuya respuesta andamos medio a tientas y medio a ciegas. 


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