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El rail que salió volando… y el Gobierno que miró hacia otro lado
En España, cuando ocurre un accidente ferroviario, hay dos certezas inmutables: la primera, que alguien intentará señalar a los de siempre; la segunda, que el Gobierno pedirá calma… justo después de haber perdido la suya en otros casos mucho menos convenientes.
Empecemos por desmontar bulos, que para eso están los datos. No fue Iryo: trenes con menos de cuatro años, revisados hace apenas unas semanas y cumpliendo escrupulosamente los protocolos. No fue el Alvia, que circulaba muy por debajo de la velocidad recomendada. No fueron los maquinistas, porque cuando los trenes funcionan y la velocidad es prudente, culpar al conductor es tan serio como acusar al termómetro de la fiebre.
Pero entonces aparece el gran protagonista del día: el rail. Un rail que, según el ministro Óscar Puente, fue revisado en mayo y formaba parte de una red ferroviaria en la que se han invertido 700 millones de euros. Un rail que, pese a todo, ha salido literalmente volando unos treinta centímetros. De esto, curiosamente, no hay demasiadas explicaciones. Ni demasiadas preguntas. Ni demasiadas ganas de hablar.
Eso sí, el ministro casi exige silencio, investigación, prudencia, mesura y contención. Una prudencia que no conocimos cuando la DANA arrasó Valencia, momento en el que no hicieron falta informes, peritajes ni tiempo para sentenciar culpables: el PP, Mazón y cualquiera que no llevara carné socialista en el bolsillo. Entonces la presunción de inocencia estaba de vacaciones.
La gestión inicial del accidente también merece mención. El Gobierno siguió los primeros momentos desde ADIF en Madrid, muy cómodo, muy institucional, muy lejos. Mientras tanto, la Junta de Andalucía apareció desde el primer minuto, con su presidente a la cabeza, pisando terreno, dando explicaciones y asumiendo responsabilidades.
Y llegó el momento estelar: Pedro Sánchez en escena. Compareció brevemente, leyó su comunicado de manual, prohibió las preguntas —no vaya a ser que alguien mencione raíles que vuelan— y se marchó a toda prisa, dejando tras de sí la sensación de déjà vu. Paiporta, versión ferroviaria.
El contraste fue inmediato y sonrojante cuando Sus Majestades los Reyes, procedentes de Grecia, aterrizaron y se desplazaron casi sin demora al lugar del accidente. Cercanos, humanos, escuchando a víctimas y equipos de emergencia. Sin frases huecas, sin escapadas apresuradas. Simplemente estando, que a veces es lo más difícil.
Eso sí, cuando los Reyes llegaron, Sánchez ya no estaba. En su lugar quedaron Puente, Marlaska y —agárrense— María Jesús Montero. La ministra de Hacienda. ¿Por qué? Misterios del Estado… o no tanto. Andalucía está en periodo preelectoral, y algunos no desaprovechan ni una tragedia para hacer campaña con casco y chaleco reflectante.
Quizá la señora Montero debería recordar cómo acaban estas jugadas. Porque Andalucía tiene memoria, y los electores no suelen premiar el oportunismo envuelto en luto. Puede que termine, efectivamente, como el gallo de Morón: sin plumas, sin credibilidad y sin saber muy bien por qué salió al corral.
Mientras tanto, el rail sigue sin dar explicaciones. Y el Gobierno, curiosamente, tampoco.»
Juan Antonio Fernández (@Juan_Antonio_FP), locutor de radio y TV
