Me dice Antonio Fornés, filósofo


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DE LA VOLUNTAD GENERAL Y LA VOLUNTAD DE TODOS

Dulcemente autoengañados, vivimos voluntariamente inmersos en un mundo irreal en el que es facilísimo discernir lo bueno de lo malo y donde basta con añadir el adjetivo democrático o antidemocrático para salvar o condenar sin duda alguna cualquier opinión o acción. Es lo que en los últimos tiempos ha venido en llamarse corrección política. Una pose llena de prejuicios que impide no sólo el desarrollo de auténtico pensamiento innovador, sino, lo que es mucho peor, provoca un miedo terrible a decir simplemente la verdad. Gracias a Dios, los inventores intelectuales de este artilugio político que hemos convenido en llamar democracia contemporánea, carecían absolutamente de la puritana corrección política que parece invadirlo todo hoy día. Por eso, Rousseau, en un siglo aparentemente mucho menos libre que el actual, se atrevió a escribir algo como esto:

“Se sigue de todo lo que precede que la voluntad general es siempre recta y tiende a la utilidad pública; pero no que las deliberaciones del pueblo ofrezcan siempre la misma  rectitud. (…) hay con frecuencia, bastante diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general. Ésta no tiene en cuenta sino el interés común; la otra se refiere al interés privado, y no es sino la suma de voluntades populares.”

¿No les parece un texto delicioso?  El mismísimo Rousseau nos advierte no sólo de que es posible que el pueblo se equivoque con sus decisiones, es decir, con su voto, sino de que, en muchas ocasiones, nuestro voto no responde a intereses generales ni a la búsqueda del bien común, sino a prosaicos y mezquinos intereses particulares. Todos aquellos que en la actualidad participan en este ruido de fondo al respecto de la autoridad soberana del pueblo, de la legitimidad de cualquier plebiscito por encima de la ley, todos aquellos en definitiva que magnifican el poder del voto, deberían leer a Rousseau. Estos generadores de griterío político suelen utilizar como soporte a su argumentación al pobre Popper y su siempre malentendida paradoja de la tolerancia. Pero, ¿quién dio a Hitler su victoria en las elecciones alemanas?, (y sus  millones y millones de votos, no olvidemos nunca este dato trágico), ¿la voluntad general o la voluntad de todos?, y una última pregunta, ¿quién es el que se arroga el poder y la sabiduría suficiente para discernir entre estas dos voluntades?

Llegados aquí, estamos por fin en la nuez de la cuestión. Cuestión que todos, de forma consciente o no, admitimos, pero que nadie, salvo valientes demócratas como Rousseau, se atreven a verbalizar. Toda persona con un mínimo de decencia y sentido común está de acuerdo en que debe impedirse a personajes como Hitler o Stalin acceder al poder aunque ganen unas elecciones. Pero fijémonos, y esto es lo trascendental, lo que estamos diciendo al expresar esta opinión es que existen una serie de intuiciones, o de ideas a priori, que deben estar siempre por encima, más allá de la voluntad de la mayoría, fuera de su alcance, porque existen principios de fondo, como la libertad o la justicia, que en ningún caso pueden estar al albur de una decisión puntual y caprichosa de una mayoría enfadada porque, por ejemplo, la economía vaya mal.

Es en este momento cuando, protegidos de la acusación popular por el silencio de nuestras reflexiones, descubrimos que la democracia, obligatoriamente, debe ser mucho más que simplemente ese ritual “taumatúrgico” que consiste en introducir un papel en una urna. Que una sociedad en la que lo político es manejado por los intereses de partidos profesionalizados nunca será radical y auténticamente demócrata, pues por seguir con Rousseau, 

“cuando se desarrollan intrigas y se forman asociaciones parciales a expensas de la asociación total, la voluntad de cada una de estas asociaciones se convierte en general, con relación a sus miembros, y en particular con relación al Estado.”

¿En qué consiste este mucho más de lo democrático? Pues en la defensa a ultranza de toda una serie de intuiciones o ideas que consideramos sacrosantas. Intuiciones tales como el derecho a la vida o al trabajo. El problema radica en que estas ideas no nacen desde la razón, por mucho que se quiera insistir en esta cuestión, sino que provienen de lo más profundo de nuestras creencias. Es decir, aquellas que nacen de la fe, palabra maldita en esta nuestra triste modernidad, una fe religiosa o secularizada, pero fe en cualquier caso. Por ello, en realidad, toda filosofía política es, en última instancia y de forma inevitable, teología política

Por si alguno de ustedes se siente escandalizado ante esta afirmación y está tentado, de dejar de leer este artículo, traigo en mi defensa a quien se ha convertido en estas últimas semanas en el santo y seña de presuntos progresistas, Karl Popper, pensador que, convendrán conmigo, está muy lejos de resultar sospechoso de antidemócrata o reaccionario… Popper afirma que tras nuestra defensa cerrada de lo democrático se encuentra nuestra fe en la razón, y que nuestra decisión en favor del racionalismo no puede a su vez demostrarse mediante una argumentación razonada o una experiencia, pues aunque se someta a discusión, en último término descansa sobre una decisión irracional: en la fe en la razón.

Esto puede parecer una paradoja, pero no lo es en absoluto, sino algo absolutamente obvio, pues nuestras ideas no pueden retrotraerse en busca de fundamentación hasta el infinito. Todos los razonamientos humanos parten de unos principios que más allá de su valoración moral, resultan en última instancia dogmáticos. Por suerte, el utilitarismo no ha colonizado, todavía, del todo, nuestro cerebro. De ahí que debemos tener cuidado cuando acusamos a radicales o intolerantes de irracionales o dogmáticos. Todos lo somos. Lo que cambia es la fuente de dónde nacen nuestros dogmas, por suerte para occidente, aunque no sé, desgraciadamente, durante cuánto tiempo, nuestras ideas básicas todavía nacen de la excelsa fuente del cristianismo y su defensa de la dignidad de todos los seres humanos

Por ello, en estos tiempos de turbulencias políticas, es más necesario que nunca reivindicar nuestra tradición cristiana y nuestra cultura occidental, pues en el fondo, es nuestra única arma eficaz para combatir el autoritarismo. Quienes menosprecian nuestra historia, quienes atacan burdamente los valores en lo que se cimentó occidente, atacan en realidad a la democracia y a los principios o líneas rojas éticas que son los auténticos guardianes de una democracia sana. En estos tiempos oscuros, en los que la democracia occidental parece deslizarse cada vez más hacia un sistema de libertad económica pero de “tutela” política, los ciudadanos debemos lanzarnos a la auténtica revolución, que desde luego no consiste en derribar estatuas, sino en volver al humanismo, a la filosofía y a la teología. Nada tan revolucionario y tan eficaz como este presunto “no hacer nada” en el que consiste la consecución de la auténtica sabiduría. El resto, la revolución tecnológica, el desaforado desarrollo de lo económico, el utilitarismo descarnado, no es sabiduría, sino mera acumulación de conocimientos siempre sospechosos, volvamos a Rousseau, porque él también zanjó este tema,

“Los hombres son perversos; serían peores aún si hubieran tenido la desgracia de nacer sabios…”  

Antonio Fornés, Doctor en Filosofía. Licenciado en Humanidades y también Diplomado en Ciencias Religiosas. Acaba de publicar su quinto libro: “¿Son demócratas las abejas? La democracia en la época del coronavirus.”


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