Mi día de Reyes


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El día de Reyes, en mí ya larga vida, ha pasado por etapas muy diversas. De ser, y ya lo siento por lo poco edificante de mis costumbres, el día central de las Navidades: desde que empezaban mis vacaciones escolares, todo era esperar la noche en que yo era el centro de la fiesta, y unos desconocidos multicolor, sin tener en cuenta mi comportamiento -mejorable sin duda-, ni siquiera la situación económica familiar, me cubrían de dádivas que curiosamente, muchas veces sin haberlo manifestado a nadie, eran la ilusión de mi vida de entonces. Más adelante y perdida la inocencia, dado que a nadie le amarga un dulce, sin ser lo más importante de la Natividad, nunca me sobró la fiesta; y así, ya sea como hijo o como hijo y padre, siempre ha revestido un especial color a alegría.

Últimamente, en ese como en tantos otros temas, tengo la sensación de remar contracorriente. Parece que los Magos son de otra época y, sobre todo, de otra civilización, frente a un curioso personaje, Papa Noel, omnipresente. No seré yo el que rompa la ilusión que el gordito nórdico provoca, pero sí que diré que no salgó de mi asombro que en tiempos de buenismo y sobre todos de ‘alianza de civilizaciones’, la izquierda europea no salga en defensa del ‘multiculturalismo’ que representa que tres personajes, de razas bien distintas, convivan pacíficamente y participen de una misión común en pro de nuestra infancia.

No entiendo nada. Que la paz del obsequio nos venga de oriente debería llenarnos de ilusión a pesar del sentido religioso, molesto supongo, de la fiesta. ¿Es tan progre primar, al alegre aunque rechoncho personaje nórdico, frente a los tres enviados de la tierra de los refugiados? ¿Alguien me lo explica?


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