
Fotomontaje publicado en elmanifiesto.com. Tiene bastante mal gusto, pero el equipo de Mas también lo tuvo al asimilarlo a Moisés.
TV3 nos ofreció ayer el debate a siete. La realización fue esplendida y muy profesional, propia de un canal publico de televisión para el que la Generalitat de Cataluña nunca ha escatimado medios. Siempre han sabido que una televisión de calidad era la mejor manera de conseguir que el catalán normalizado entrara en los hogares y, una vez puesta en marcha, la vieron como medio para insuflar ideología política.
Presiento feliz vencedor del debate a Albert Rivera, seguido muy de cerca por Alicia Sánchez-Camacho. Me chocó la bisoñez del candidato socialista: se limitó a sonreír y poco más; tuve la sensación de que Pere Navarro iba perdido.
Supongo que sus expectativas y la incoherencia de su discurso que no es ni carn ni peix –“ni chicha ni limoná”–, como le definió certeramente Alicia Sánchez-Camacho, le hacían pisar en falso. Mas, un poco chuleta, sólo quería que todos supieran que manda él, que es el jefe: que él convoca y que él se reúne con los poderosos. Triste papel, daba toda la sensación que pasaba del debate.
Los mensajes de Albert Rivera sí iban directos a los higadillos de sus oponentes: CiU, PSOE y PP. No paró de dar golpes legítimos, pero golpes. Incluso se atrevió a lanzar un dardillo sobre la presunta corrupción en el entorno del candidato convergente, ¡qué malo es Rivera, en el oasis catalán esto se calla!
De hecho, lo más chocante del debate es que, a pesar de los casos de corrupción que siguen abiertos y que fundamentalmente rodean a CiU, el resto de candidatos mantuviera esa ley del silencio hasta ahora sólo propia de la prensa catalana.








